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¿Cómo seria si no existieran las crayolas?

Cómo seria si no existieran las crayolas

Un verde carmesí —pero no marrón— es uno de los colores que el ojo humano es incapaz de ver, así como un azul amarillento —pero no verde. Imaginarlos es también imposible, pues son una experiencia irrevocablemente inédita para el cerebro humano, una especie de “colores prohibidos” cuyas frecuencias se cancelan recíprocamente en nuestra estructura ocular.

Cómo seria si no existieran las crayolas

En primer lugar ciertas células en la retina conocidas como “neuronas opuestas” se activan con los estímulos luminosos del color rojo y es su actividad la que dice al cerebro que está viendo algo rojo; estas, sin embargo, se inhiben con la luz verde, por lo cual su pasividad indica al cerebro que ve algo verde. Algo similar pasa con la luz amarilla y otro grupo de estas neuronas diseñadas para percibirla, mientras que ante la luz azul no manifiestan ninguna reacción. Curiosamente este efecto de cancelación mutua se cumple solo con estos cuatro colores (con los otros el efecto es mixto), de ahí la imposibilidad de ver su combinación simultánea.

Y es que esta es parte de la magia de los colores: que, en cierto sentido, existen solo en nuestros ojos y los procesos neuronales que nos permiten verlos.sin las crayolas, los nombres de los colores en japonés serían otros, aunque parezca un hecho nimio y trivial, la introducción de crayolas en Japón a partir del siglo XX y en los años de la Posguerra, modificó la identificación en una misma palabra de los colores verde y azul; un hecho que nos permite reflexionar sobre la indómita naturaleza de los inexistentes colores.

El problema de los colores es, en lo que respecta a las capacidades humana, uno de los más interesantes y al mismo tiempo enigmáticos, algo que podemos hacer, hacemos a diario y quizá por eso no consideramos en su milagrosa realidad: ver colores.

Y de entre las muchas preguntas que podrían hacerse sobre este asunto, pocas tan inquietantes como la manera en que llegamos a denominar una tonalidad en especial. Wittgenstein, el filósofo austríaco que dedicó cierta parte de su obra y tiempo a examinar el problema de los colores, se preguntó alguna vez:

«¿Es la concordancia entre los hombres lo que decide qué es rojo? ¿Se decide este apelando a la mayoría? ¿Se nos enseño a determinar así el color?» .

El gesto es elocuente: adánicamente imponemos un nombre a los colores para tener la ilusión de que dominamos también su inasible naturaleza. Pero, en el fondo, eso que llamamos color permanece inalterado (acaso también porque, en cierto sentido, no existen más allá de los rasgos fisiológicos y estructurales por los que los percibimos).

En Japón, por ejemplo, hasta hace no mucho solo se tenía una palabra para nombrar el azul y el verde: Ao, y todavía ahora es más o menos común que la gente se refiera a la luz de siga en el semáforo (verde, como en casi cualquier parte del mundo) con la misma palabra con que designan el azul.

Curiosamente esta situación comenzó a cambiar en los primeros años del siglo XX, con un hecho bastante curioso y, se creería, insignificante: la incipiente importación de crayolas para los niños. En estos paquetes había tonalidades de verde y azul que, instintiva y necesariamente, los niños tenían que distinguir entre sí. Entonces fue más común que “midori” y “ao”, verde y azul, comenzar a distanciarse.

Más tarde, en los años de la Posguerra y debido a la influencia de los Aliados, el nuevo material didáctico que se utilizó en las escuelas obligó a maestros y alumnos a ahondar en esta diferencia.

Lo curioso es que en ciertos ámbitos la identificación persiste. Así como en español la palabra verdura está asociado al verde, en japonés los vegetales son “ao-mono”, “cosas azules”.

Como sucede siempre que se habla de colores, lo que resulta relevante es la ambigüedad existente entre color y color, lo difícil que es delimitar una realidad solo en apariencia simple. Asimismo, del caso japonés destaca el mecanismo generacional que se revela inevitable cuando se introducen nuevas enseñanzas en los niños: tarde o temprano, estas terminarán modificando situaciones que se creerían atávicas y seculares.