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¿Sabes quién fue Irena Sendler?

Irena Sendler

Durante más de medio siglo, la historia de Irena Sendler ha estado extraviada en el tiempo. Esta mujer polaca de mítico heroísmo estuvo oculta inexplicablemente para el mundo desde la segunda guerra mundial. Es Hollywood quien revela sus valerosas acciones con la película «Los niños de Irena Sendler» para que el mundo conozca la vida de esta humilde trabajadora social que durante la ocupación nazi en Polonia salvó la vida de más de 2,500 niños judíos, sacándolos a escondidas del gueto de Varsovia.

Pueden ver la película aquí

http://youtu.be/_Rxq8hXxVYo

Quién no recuerda la famosa película «La Lista de Schindler» pero mientras ésta era aclamada por el mundo, Irena Sendler era una heroína desconocida fuera de Polonia y apenas reconocida en su país por algunos historiadores, ya que los años del comunismo fueron borradas sus hazañas de los libros oficiales de historia polaca. También cabe mencionar que ella siempre fue una mujer discreta y nunca contó a nadie nada de su vida durante la II Guerra Mundial, explica Anna Mieszkwoska, autora de la biografía de Irena, ‘La madre de los niños del Holocausto’.

La historia de Irena Sendler se empezó a conocer en 1999, gracias a un grupo de alumnos de un instituto americano de Pittsburg (Kansas) y a su trabajo de final de curso sobre héroes del Holocausto. Ellos vieron algunas referencias sobre Irena Sendler en revistas especializadas con el asombroso dato: había salvado la vida de 2.500 niños. Luego de ver que no había mucha información sobre ella, empezó la búsqueda de material informativo y testimonios sobre su valerosa acción.

Ellos se dieron con otra sorpresa, luego de buscar la tumba de Irena, descubrieron que no existía porque ella aún vivía y, aunque ya falleció el año 2008. En esos días ya era una anciana de 97 años que residía en un asilo del centro de Varsovia, en una habitación luminosa donde nunca faltaron los ramos de flores y las tarjetas de agradecimiento, que llegaban diariamente desde todo el mundo.

irene sendler

Llevaba años en una silla de ruedas, en parte debido a las lesiones que arrastraba tras las torturas a las que fue sometida por la Gestapo, cuando la descubrieron ayudando a escapar a niños judíos. Cuando estuvo presa, le rompieron los pies y las piernas, pero ni así lograron que les revelase el paradero de los niños que había escondido ni la identidad de sus colaboradores.

Desde pequeña Irena fue una mujer de gran coraje, muy influida por su padre, un médico rural que murió cuando ella tenía sólo 7 años. De él siempre recordaría dos reglas que siguió a rajatabla a lo largo de toda su vida. La primera: que a la gente se la divide entre buenos y malos sólo por sus actos, no por sus posesiones materiales; y la segunda: a ayudar siempre a quien lo necesitase.

Irena se hizo mayor y comenzó a trabajar en los servicios sociales del municipio de Varsovia, al tiempo que se unía al Partido Socialista Polaco. En 1939 Alemania invadió Polonia y el trabajo de Irena se hizo más necesario en los comedores sociales, donde también se entregaban ropas y dinero a las familias judías, inscribiéndolas con nombres católicos falsos para evitar las suspicacias de los soldados alemanes.

Pero todo cambió en 1942, cuando las deportaciones se hicieron más frecuentes y los nazis encerraron a todos los judíos de Varsovia, unos 400.000, en un área acotada de la ciudad y rodeada por un muro. El gueto fue la tumba para miles y miles de personas, que morían diariamente por inanición o enfermedades. Irena estaba horrorizada y, como muchos polacos, decidió que había que actuar para evitar la barbarie que asolaba las calles de la capital. Consiguió un pase del departamento de Control Epidemiológico de Varsovia para poder acceder al gueto de forma legal. Allí entraba diariamente a llevar comida y medicinas, siempre portando un brazalete con una estrella de David como símbolo de solidaridad y para no llamar la atención de los nazis.

Una vez dentro, la joven trabajadora social entendió que el objetivo del gueto era la muerte de todos los judíos y que era urgente sacar al menos a los niños más pequeños para que tuviesen la oportunidad de sobrevivir. Fue así como comenzó a evacuarlos de todas las formas imaginables. Dentro de ataúdes, en cajas de herramientas, entre restos de basura, como enfermos de males muy contagiosos…, cualquier sistema era válido si conseguía sacar a los pequeños del infierno. Otra manera era a través de una iglesia con dos accesos, uno al gueto y otro secreto al exterior. Los niños entraban como judíos y salían al otro lado bendecidos como nuevos católicos.

La actividad de Irena era frenética, igual que el riesgo diario a ser descubierta por los soldados alemanes. A pesar de eso siempre se lamento «No hice todo lo que pude, podría haber hecho más, mucho más y haber salvado así a más niños«.

Separar a los hijos. Irena aún recuerda con amargura los momentos en que tenía que separar a los padres de los hijos. Sabían que nunca más se volverían a ver y la arrinconaban entonces con preguntas y deseos de condenado. «Por favor, asegúrame que vivirá, que tendrá un buen hogar», susurraban entre llanto las madres, presas de la desesperación. Ella también era madre y sentía ese dolor tan profundo como si fuese suyo, de hecho todavía lo siente y sufría con esos recuerdos.

Una vez fuera del horror, era necesario elaborar documentos falsos para los niños, darles nombres católicos y trasladarlos a un lugar seguro, normalmente monasterios y conventos, donde los religiosos siempre tenían las puertas abiertas para los niños del Gueto.

Irena apuntaba entonces en pedazos de papel las verdaderas identidades de los pequeños y sus nuevas ubicaciones, y luego enterraba las notas dentro de botes y frascos de conserva bajo un gran manzano en el jardín de su vecino, frente a los barracones de los soldados alemanes. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado de los 2.500 niños de Gueto hasta que los nazis se marcharon.

Ni siquiera las torturas de la Gestapo lograron que revelase jamás el lugar en el que estaban ocultos ni las personas que colaboraban con ella. Tampoco los meses que pasó en la terrorífica prisión de Pawlak, bajo el atento cuidado de los carceleros alemanes, quebraron su silencio. No dijo ni una palabra cuando la condenaron a muerte, una sentencia que nunca se cumplió porque, camino del lugar de ejecución, un soldado la dejó escapar. La resistencia había sobornado al soldado alemán. No podían permitir que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Así fue como pasó a la clandestinidad y, aunque oficialmente figuraba como ejecutada, en realidad permaneció escondida hasta el final de la guerra participando activamente en la resistencia.

Con el final del conflicto se desenterraron los 2.500 botes escondidos bajo el manzano, y los 2.500 niños rescatados del gueto recuperaron sus identidades olvidadas. La gran mayoría había perdido a sus padres, así que muchos fueron enviados con otros familiares o se quedaron con familias polacas, pero todos conservaron a lo largo de su vida un agradecimiento infinito a Irena Sendler. Tras los nazis llegó el comunismo y la aventura de Irena quedó olvidada entre las nuevas doctrinas. Ella, que ya tenía dos hijos, volvió a ser trabajadora social y a su vida tranquila, sólo truncada por las pintadas, en la puerta de su apartamento, en las que le acusaban con necedad de ser «amiga de los judíos» o la llamaban la «madre de judíos». Ella callaba y nunca contaba nada de su pasado, era una mujer modesta y de temor a que le pudiera acarrear algún problema, comentó su hija, Janina, quien aseguraba que mantuvo secretos y vivió sus últimos años como si estuviese en medio de una oscura conspiración.

Cuando en 1999 los estudiantes de Kansas se toparon con su historia, se quedaron estupefactos. Estaban frente a una auténtica heroína prácticamente desconocida, así que decidieron escribir una obra de teatro sobre ella. Se escenificó en iglesias y salones sociales de la comarca, asombrando y emocionando a todos los que tuvieron la oportunidad de verla. Uno de estos asistentes fue un profesor judío quien, impresionado, ayudó a los escolares a cumplir su deseo: ir a verla a Varsovia y agradecerle lo que había hecho por la Humanidad. Les dio un cheque de 7.000 dólares y les dijo: «Cuéntenme todo con detalles y señales a su regreso».

A partir de ese momento los reconocimientos y las visitas fueron aumentando considerablemente. La llegada de periodistas extranjeros, los cumplidos oficiales, agradecimientos de todo el mundo, las visitas desde Hollywood y, finalmente, la nominación para el premio Nobel, propuesta por el entonces presidente polaco Lech Kaczynski con el apoyo de la Organización de Supervivientes del Holocausto.

Mientras, todos se preguntan cómo es posible que esta historia haya permanecido tantos años en el olvido y oculta, pese a las veces que se ha tratado el tema del Holocausto y de las personas que lo protagonizaron. Incluso sus amigas le recriminaban que nunca les contara nada sobre su heroísmo y sus azañas de juventud. Sin embargo, ella sigue sonriendo en su silla de ruedas y enfadándose cuando alguien se atreve a decir que es una heroína.